Cuando hace dos años quise comprarme un robot amasador, la primera idea fue la bella KitchenAid, pero su precio me tiró atrás y al final acabé comprando una Kenwood, que todo se ha de decir, no me ha dejado tirado nunca y además de tener un precio más asequible, incluye numerosos accesorios. Es algo más que una tres en uno.
Ha tenido que llegar un viaje de trabajo a Nueva York -mi tercera visita a la Gran Manzana- para que me haya podido dedicar en el tiempo libre a compras culinarias aprovechando el mejor precio, así como el cambio favorable al euro.
Con esas compras cayeron algunos gadgets que había descubierto por aquí y por allá, en el blog de Trotamundos, en el de Bea o en el de Eva, y en algún otro que, me váis a perdonad, ahora no recuerdo. De este modo, conseguí a precios más que razonables una piedra para cocer pan o pizzas en el horno, las conocidas allí como Baked Stone, o un molde de Nordic Ware para hacer bundt cake con una forma helicoidal, denominado Heritage Cake Pan. También cayeron numerosos libros, comprados a precio de saldo -entre 5 y 10 dólares- en un prodigio de librería, Strand, muy cerca de Union Square.
Pero de todas las compras que quería hacer, ropa aparte, la más importante era la Kitchen Aid. En el Rincón de Bea había leído que era factible encontrarla con voltaje europeo en Williams Sonoma. Primero fui a una tienda por Middle Town y, por referencias, acabé en la magnífica tienda que Williams Sonoma tiene en el edificio de Time Warner, en Columbus Circle. No era el primero que pedía una KitchenAid con voltaje europeo, pero no tenían.
Otro día, se me ocurrió visitar Macy's, los almacenes más grandes del mundo y doy fe que lo son. Tienen una planta subterránea con aparatos de cocina que es el paraíso. Allí, encontré a una amable dependienta que en español me explicó que tampoco tenían KitchenAid a 220 V, pero tuvo la amabilidad de darme la dirección de un lugar en Chinatown, especializado en máquinas y pequeños electrodomésticos con voltaje europeo. Al día siguiente y después de un periplo en el que me acompañó mi amigo Víctor, un amante además de las muffins americanas, acabamos en Canal Street, muy cerca del puerto de Nueva York. En principio pensamos que sería un establecimiento chino, por el lugar en el que se encuentra, luego al llegar a las 10 de la mañana y verlo cerrado, preguntamos en la tienda de al lado, regentada por una persona india o pakistaní, que nos informó que abrían a las 10,30. A la hora convenida y tras tomar un chocolate caliente con nata en Little Italy, Víctor y yo fuimos al sitio y allí, tras el mostrador dos dependientes judíos -con su inconfundible kipá- nos indicaron que sí que tenían el susodicho robot, con voltaje europeo y además con el color que inicialmente me gustaba más, el rojo.
La KitchenAid viajó en la maleta de mano -pesa algo más de diez kilos- y aquí le espera una larga vida. Con el tiempo iré adquiriendo algunos accesorios que aún enriquecerán más sus posibilidades.
No quisiera parecer un agente de ventas de esta máquina, pero dicen sus seguidores que la KitchenAid es a este tipo de robots lo que la Harley Davidson es a las motos. Es decir, una máquina robusta, algo ruidosa y con las garantías Made in USA. Es además un robot que apenas ha cambiado su diseño en sus más de 90 años de historia. Cuando el diseño es bueno en origen y funciona en el mercado, mejor no cambiarlo.









