A menudo se desprecia el valor del postre en las comidas. Son muchos los que directamente pasan del segundo plato al café y ciertamente es un sacrilegio saltarse el postre, un plato que muchas veces tiene la función de refrescar después del esfuerzo que supone para el estómago ingerir el plato principal de la comida.

También sucede muchas veces que no se nos ocurre qué comer. Una pieza de fruta, un postre lácteo. A veces no es tanto un problema de originalidad o de elegir este o aquel producto, sino que nuestros sentidos, sobre todo, el de la vista, que es el primero que interviene, son los que nos pueden hacer más agradable un postre aparentemente sencillo. Por tanto, la manera en que presentamos la comida, también el postre, asegurará el éxito del plato.

Hoy quiero proponeros un postre que he improvisado hoy con los restos que me quedaban en la nevera: unas pocas fresas y media tarrina de mató (requesón).

Se cortan las fresas en láminas más o menos gruesas y se espolvorean generosamente con azúcar. En la otra mitad del plato extendemos el mató, también cubierto con generosidad por azúcar y canela y tendremos un postre rápido de hacer, refrescante y vitamínico para poder aguantar el resto de la tarde, sobre todo para los que continuamos trabajando después del almuerzo.