Cada vez que vamos a Francia, por trabajo o por turismo, nos metemos en esas grandes superficies tan francesas y compramos algunos productos que raramente se encuentran aquí -cada vez menos, se ha de reconocer-. Entre esos productos se encuentran unas pequeñas salchichas rojas, denominadas merguez.

Aunque su aspecto y algunos de sus ingredientes sean comunes, nada tienen que ver con nuestros choricillos o con la chistorra. Los parecidos razonables se acaban en su forma y en su color, pero cuando entramos en la comparación de los sabores, entonces media un abismo.

Por su exotismo y su sabor tan especial la suelo utilizar para deslumbrar a amistades de paladar inquieto, simplemente frita a la plancha con un poquito de aceite y cortada en pequeños trozos. Las últimas benefactoras fueron mis amigas Virginia, Eva y Marianne.

El merguez (/merˈgez/, del árabe مرقاز mirqāz, ‘salchicha’) es, como dice la wikipedia, una salchicha roja  especiada originaria del Norte de África, consumida popularmente en Francia, Marruecos, Israel, Bélgica y el Estado alemán del Sarre.

Las salchichas merguez se elaboran con carne de cordero o buey, y se condimenta con una amplia variedad de especias, como el zumaque para darle un toque agrio, y el pimentón, la pimienta roja o la harissa, una pasta picante magrebí hecha con guindillas que le dan el característico color rojo.

La salchicha se suele elaborar cruda y se consume a la parrilla o con cuscús. En otra de sus modalidades, secada al sol, se usa para dar sabor a los tayines.