Había oído hablar del crumble creo que en un libro o un programa de ese cocinero inglés que responde al nombre de Jamie Oliver, del que ya he expresado en alguna ocasión mi admiración ciega. Literalmente crumble significa desmigajar; pero para que todos nos entendamos estamos ante un pastel, que puede ser dulce o salado, que en la versión que hoy os presento está formado por una compota de fruta, en este caso fresas, cubierta de una masa quebradiza de harina, mantequilla y azúcar. Como véis, muy sencillo y con un resultado espectacular.

Lo sorprendente de este postre es que procede de la cocina inglesa, poco habitual a proporcionar postres tan coloridos y que uno piensa que son más propios del Mediterráneo.

A pesar de ese primer descubrimiento del crumble, la primera vez que se me ocurrió hacerlo fue cuando lo vi en el blog de Su (webos-fritos). Tiene la gran virtud de hacer que nos parezcan fáciles platos que a primera vista resultarían complicados.

Para su elaboración necesitamos:

  • 500 grs de fresas, espolvoreadas con algo de azúcar
  • 150 grs de harina
  • 100 grs de mantequilla
  • 100 grs de azúcar
  • Una pizca de vainilla

Precalentamos el horno a 200 grados con aire.

Colocamos las fresas lavadas, partidas por la mitad y espolvoreadas con un poco de azúcar en el fondo de una bandeja de horno.

Amasamos en un bol con las manos la harina, la mantequilla fría y cortada a trocitos, el azúcar y la vainilla, hasta conseguir una textura de migas y dejamos reposar al frío durante unos 10 minutos.

Espolvoreamos esta masa sobre las fresas tratando de cubrirlas más o menos bien.

Bajamos el horno a 180 grados y horneamos la bandeja durante unos 20-30 minutos.

Al final, debe quedar una costra doradita, aunque no quemada.

En su receta, Su sugiere acompañar el crumble con un poco de nata y azúcar glas. Yo suscribo esta propuesta.